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¿Políticas culturales? Sería una buena idea

¿Políticas culturales? Sería una buena idea

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Viernes, 12 junio 2015
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“Insistir en la idea de cultura estará bien mientras sirva para recordarnos que una cultura es, esencialmente, algo que no se puede planificar de antemano, algo no planificable. Tenemos que asegurar los medios de vida y los medios de una vida en común, pero no podemos saber ni afirmar qué se vivirá a través de esos medios” Raymond Williams.

Si existieran, sería interesante hablar de las políticas culturales municipales en el Estado español. Lamentablemente no existen o, por lo menos, no como un elemento cohesionado, homogéneo y concreto que podamos describir y valorar. Sería un acto de osadía o de ingenuidad intentar establecer un patrón que aunara políticas, prácticas y medidas que tienen lugar en ubicaciones tan dispares con intenciones tan diferentes.

Hablar de las políticas culturales que se han ido desarrollando en los diferentes municipios implica pensar en términos de heterogeneidad y de asimetrías notables. Si la diferencia de tamaño o de densidad de población no fueran motivos suficientes, la desigualdad a la hora de acceder a recursos económicos, la diversidad de partidos políticos que los gobiernan o las peculiaridades históricas que los dominan imposibilitan hablar con un mínimo de propiedad de las políticas culturales municipales como un elemento singular. De igual manera, las competencias en materia de cultura de los municipios a veces se ven cruzadas por medidas lanzadas desde diputaciones o planes regionales, complejizando incluso más la evaluación que propongo a continuación.

Los primeros partidos de la democracia se enfrentaron a todo lo anterior, añadiendo una nueva problemática todavía vigente, aunque posiblemente invisibilizada. El franquismo diseñó una engrasada máquina que puso al servicio de la invención de tradiciones y ritos culturales. El capítulo que aún no se ha escrito en el famoso libro de Hobsbawm y Ranger, La invención de la tradición, nos daría un generoso muestreo de las fiestas patronales, festividades, procesiones, ritos y rituales que se fueron asentando en el Estado español durante un franquismo ávido por construir una identidad nacional católica y conservadora. Muchos de los partidos que entraron a gobernar en ciudades y municipios a finales de la década de los setenta eran conscientes de ese hecho pero, como en muchos otros aspectos de la transición, decidieron mirar hacia otro lado. Más adelante, cuando se empezaron a diseñar las políticas culturales a escala municipal (el primer plan estratégico para la cultura tiene lugar en Sabadell en 1991, en 2012 se ponía en marcha el de Madrid), se dieron por legítimas las expresiones de cultura popular y en una huida hacia delante se consideró que todo se solventaría con un proceso de “modernización cultural”.

De la timidez política nació la gestión cultural, un conjunto de prácticas que resolvían los problemas políticos como si fueran asuntos técnicos. En muchos municipios pequeños y medianos, salvando algunas excepciones, se apostó por la “cultura popular” (categoría abstracta que servía tanto a los intereses de la derecha como de la izquierda) y en las capitales se apostaba por los centros de vanguardia o con premisas de “cultura contemporánea”. En los márgenes de la política pública vimos atisbos de contracultura, espacios autogestionados y prácticas culturales independientes que por lo general tuvieron poco respaldo de las administraciones. Este desarrollo desigual de las políticas públicas y la visión populista que la sustenta está en la base de la falsa dicotomía que se establece entre una cultura experimental y otra de carácter popular, entre vanguardia y tradición, que aún perdura y enturbia ciertos debates.

De esta manera si evaluamos las diferentes medidas y programas de políticas culturales que se han ido desarrollando a lo largo de los últimos 25 años en el Estado español comprobamos que, pese a no seguir una dirección unívoca, y sin adscribirlas a un programa ideológico definido, podríamos llegar a clasificarlas o comprenderlas bajo la lógica de cuatro perspectivas diferenciadas pero no excluyentes: la cultura como derecho, la cultura como recurso, la cultura como identidad y la cultura popular.

La primera de estas perspectivas es fácil de identificar, puesto que se inserta en una de las tradiciones de políticas culturales más extendidas e instauradas. Es la visión ilustrada que considera que el acceso a la cultura debería ser un derecho garantizado para la ciudadanía. Recogido tanto en la Declaración Universal de los Derechos Humanos como en el artículo 44 de la Constitución Española, bajo esta perspectiva se han de comprender las políticas de proximidad, la creación de bibliotecas y equipamientos culturales, la promoción de cierta excelencia y en definitiva, la promoción de una visión ligeramente paternalista y patricia pero necesaria de la cultura. Como en todo, en algunos municipios esto se ha hecho mejor o peor (la desigualdad en la distribución de equipamientos es manifiesta), pero seguramente esta perspectiva ha prevalecido en el diseño de los programas culturales de muchos municipios, facilitando que la ciudadanía pueda acceder a eventos, recursos o equipamientos culturales.

Con el auge del neoliberalismo y la burbuja especulativa, otra perspectiva que ha influenciado mucho las políticas culturales municipales ha sido la visión de la cultura como un recurso económico. Este enfoque que, dadas las evidencias, ha perdido muchos apoyos tras la crisis, ha sido el que ha traído y se ha llevado grandes eventos culturales como conciertos, festivales de teatro o de cine a muchas de nuestras localidades. Ha sido la causante de la espectacularización de la cultura y el detonante de la aparición de los llamados emprendedores culturales, gestores venidos a más que se han lucrado de la expansión y promoción de eventos de carácter cultural financiados normalmente desde las arcas públicas. De estas políticas salieron algunas cosas más interesantes que otras, festivales más longevos que otros y, si bien es verdad que partes del patrimonio se revalorizaron, siempre fue bajo la premisa de que generarían cuantiosos ingresos que, en muchos de los casos, nunca se materializaron.

En una suerte de encrucijada de las dos categorías anteriores nos encontramos la perspectiva identitaria, crucial para entender el desarrollo de estrategias y planes en diferentes municipios. Y podemos situar este enfoque entre los dos primeros porque en los municipios que se encuentran en regiones con una tradición nacionalista más acentuada, el enfoque identitario ha servido para promover cierta identidad nacional, para hacer latente la diferencia y para construir un imaginario simbólico-cultural propio.

De igual manera, y sin entrar en contradicción con lo anterior, la perspectiva identitaria ha servido para ir diseñando una marca al servicio del turismo y de la inversión internacional. Valiéndose de museos como el Guggenheim en Bilbao o el MUSAC en León, de festivales de cine como en Sitges o Málaga, festivales de teatro clásico como el de Mérida o Almagro, festivales de música como en Viveiro o Benicassim, diferentes ciudades han logrado auparse en la escalera de la visibilidad gracias a su vinculación con un evento cultural. Si bien es verdad que estas actividades no dependen en su totalidad de los gobiernos locales, sí tienen plena incidencia en los programas municipales. Unido a la burbuja inmobiliaria y especulativa, también ha contribuido a la creación de palacios de congresos de escaso uso, la aparición por doquier de grandes museos, centros de arte o auditorios y grandes equipamientos costosos de mantener y de justificar en términos de uso. En definitiva, no podemos entender la alta densidad de Calatravas por metro cuadrado sin tener en cuenta esta voluntad de crear una marca-ciudad basándose en elementos culturales.

Por último y, posiblemente, de forma más importante, las políticas culturales que se han creado e implementando a una escala municipal tienen que ver y se basan, a veces en exclusiva, en promover las fiestas patronales y festividades populares. Si tuviéramos acceso a los presupuestos culturales de todos los municipios del Estado veríamos que gran parte de los fondos de los municipios pequeños y medianos se destinan a la promoción de este tipo de eventos. Las tradiciones, viejas y nuevas, han de respetarse, aunque eso implique repetir rituales discriminatorios, tradiciones de tintes o incluso abiertamente racistas o de explícito maltrato animal. Las fiestas mayores, carnavales, verbenas de verano y pasacalles, son elementos tan necesarios como incuestionables a la hora de vertebrar nuestras políticas culturales.

Esta es la coyuntura a la que se enfrentan los partidos de nuevo cuño, más que los más asentados no lo han hecho. Van a tener que enfrentarse a dicotomías muy enraizadas y entumecidas para decidir si aceptan que la cultura popular es algo maleable y cambiante o se limitan a seguir cristalizándola, con todo lo que eso conlleva. Determinar si, como ya pasó durante la transición, es mejor mirar hacia otro lado o enfrentarse de pleno al rumor nacional-católico que recorre de fondo gran parte del imaginario de la cultura popular nacional. No sin paternalismo, la izquierda ha tendido a fetichizar la cultura popular como expresión directa de los anhelos e ideas del pueblo, pero ahora estamos frente a un momento clave para poner en evidencia la hegemonía cultural que camufla la tradición. La dicotomía cultura popular versus cultura experimental debería estar superada, pero no lo está. Se siguen oponiendo canchas de fútbol a medialabs, centros cívicos a centros de investigación, cómo si la experimentación y la crítica no fueran inherentes a la práctica cultural. Acabar con estas falsas oposiciones es crucial para superar la distribución desigual de recursos y por ende, de oportunidades. Al mismo tiempo, la falta de un marco concreto de políticas para las formas de cultura digital que nos rodean debería suponer una preocupación, sino una responsabilidad a asumir.

En definitiva, el reto de las políticas culturales municipales consiste en existir. En dejar de ser meros instrumentos de gestión y aceptar que la cultura es política. Que la cultura es y puede ser problemática. Que la cultura puede y ha de ser crítica pero también puede ser reaccionaria y retrógrada. Puede ser liberadora pero también racista y discriminatoria. Pero sobre todo, es hora de aceptar que hay formas de cultura popular que también pueden conllevar riesgo y experimentación. Se manifiesta tanto a través del folclore digital como en espacios culturales independientes o proyectos autónomos. Es necesario pensar en cómo se regula y propicia la excelencia crítica desde abajo para no acabar reproduciendo de nuevo una dicotomía que nunca tuvo porqué ser. Si los partidos de la transición pensaron que podían escapar de todos estos problemas con una huida ciega hacia la modernización, ya estamos en condiciones de afirmar que esto no ha funcionado, nunca fuimos modernos. Es por estas razones que ha llegado la hora de ponerse en serio a hacer política cultural.

Sobre el autor

Jaron Rowan (@sirjaron) es investigador y agitador cultural, también es uno de los integrantes del Free Culture Forum y coordinador del área de arte en BAU, Centro Universitario de Diseño, en Barcelona, entre otras muchas cosas (ver biografía completa).

Texto original Cuadernos #9 de Eldiario.es bajo licencia Creative Commons BY-SA.

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